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Teatro: Romeo y Julieta publié le 25/02/2013

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AÚN HAY QUE HACER MÁS

Acercarse al pedestal intocable que significa esta obra de teatro ha sido una experiencia compleja. En primer lugar, representó atravesar las nociones preconcebidas, el lenguaje distante y las múltiples referencias que inundan nuestra imaginación y mente en torno a ella. Más allá de cualquier cosa, nuestro reto fue buscar una historia nueva dentro de la vitrina inmortal de lo clásico. Al atrevernos, gradualmente, con mucho esfuerzo y miedo a romper aquel vidrio, nos encontramos con Verona ; un montruo vivo y palpitante en cuyos gestos y movimientos, resonaban los ecos de una realidad cercana. Reconocimos en Verona ese limbo eternamente infectado por un odio de origen olvidado, imposible ya de definir o de comprender, vivo sólo por el bien de su estructura, convertido en su esencia, en su identidad. Una masa de partículas en constante movimiento que disparan tensiones entre sí e insisten en repelerse, evitando así la cohesión y necesaria formación de la materia sólida.

Todos somos Verona. Ciudad que grita, que se corta así misma las venas, que esconde en el anonimato de esa masa amorfa el mal genético del odio. El odio a sí misma. No se puede entrar, ni salir. Las partículas no se pueden separar del resto pero tampoco logran convivir. Como la energía, están en constante transformación que nunca se destruye : el Fraile y el Boticario mantienen su esencia mientras se mecen en los extremos de aquella flor eterna, en donde “duermen escondidos a la vez medicina y veneno : los dos nacen del mismo origen” y pese a que su intervención reta al destino, éste no se deja domar y en la forma que cualquiera de los dos tenga, encuentra la misma profecía cumplida. Uno siempre neutraliza al otro porque el caos busca su propio equilibrio y sólo puede ser ordenado desde adentro. A menos que el milagro de la química inesperada de otros dos componentes logre su evolución, aquella masa estará condenada a vivir en el mismo infierno para siempre. El monstruo que es Verona, cambia, siente, reacciona, tiene hambre de cualquier cosa que se haya acostumbrado a comer.

Verona es un lienzo blanco. Las imágenes son insinuaciones que completamos con fragmentos de la ciudad que queramos ver. Fragmentos de una realidad que tiene una voz viva tal día como hoy, en una tierra que William Shakespeare jamás pisó pero que con genio inmortal sabe tocar su alma a través de los siglos. La sentencia del príncipe se borda en los pliegues de esa ciudad sangrante como única conclusión que pueda ponerse en palabras : “Aún hay que hacer más.” Verona ya no será para Romeo y Julieta, pero de sintonizar apropiadamente este dictamen, quizás sea para alguien.

Ana O’Callaghan

Entradas en venta en la vida escolar.